viernes, 26 de marzo de 2010

Viaje

Imagina el paisaje que está más allá de las montañas, donde no llegan ni los justos ni los injustos. Dónde la vegetación no conoce el contacto humano. Divisa a lo lejos arroyos de aguas cristalinas, habitadas por seres mágicos de nueva síntesis. Siéntate en acantilados escarpados para perder la vista en el horizonte azul. Mundo nuevo, mundo viejo.

Te miras al espejo que es el agua del lago, y te sientes como nunca y como siempre. Tan humano, tan natural, tan tú. Dejas atrás etiquetas, roles y ropas que desaparecen en el cielo de nubes de algodón. Tú ser se funde en la hierba. Eres tú, sin límites.

Caminas a paso lento sin rumbo, sin prisas, sin expectativas ni obligaciones. Oyes cantos de jilgueros que suenan como si fueran el primer sonido en el mundo. Música que adorna los días soleados. Te pierdes entre árboles gigantescos y respiras la frondosidad del bosque quedándote en esa sensación por un momento.

Viajas, viajas lejos. De las montañas de volcanes en erupción de vida a las profundidades del océano inexplorado. Vuelves sobre tus pasos y descansas en prados verdes y al sol de primavera. La floración se da en todo su esplendor. Los colores se distribuyen en pinceladas maestras sobre el verde.

Viajas de nuevo . Absorbes el aroma de pinos, sauces y almendros. Recorres mil ecosistemas que te dan conocimiento del mundo. Has visto los mares, los bosques, los desiertos.

Tu piel se ha quemado al sol, abandonada en playas solitarias, presididas por palmeras enormes. El sol incendia la arena y hace que brille como nunca. El mar llega en olas a tus piernas. Te calma, te renueva. Has escuchado el sonido del mar y de mil mares. Integras los distintos sonidos del mar en uno solo y, sí, ya sabes como es el mar, lo conoces todo. El mar vive en tí.

Y sigues viajando. En matorrales, anuncio de bosques de coníferas, te adentras a paso firme sin olvidar todo lo vivido. Troncos centenarios y plantas que trepan queriendo llegar a la copa. Cedros y cipreses adornados en el suelo con hierbas verdes.

Te cansas, pero subes la montaña. Está nevando y ves el mundo a tus pies. Luego, ruedas colina abajo hasta llegar al río y bebes su agua. Y sí, ya lo has visto todo.

Respiras todo el conocimiento y las sensaciones del universo y tu cuerpo se electrifica de placer sensorial. Todo es, todo está. Distingues el sol en lo alto brillando e iluminando el mundo. Cierras los ojos lentamente. Ya puedes morir.

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